
LA CASA ABANDONADA
Manuel estaba radiante de felicidad, por fin había llegado el día que había estado esperando todo el año: el inicio de las colonias. Ese día también significaba que había acabado el curso y, otro motivo para sentir ese cosquilleo en el estómago, era que Ingrid, la chica que le tenía robado el corazón, tan sólo iba sentada dos filas más adelante en el autocar que les llevaba hasta la casa de colonias. Hasta la libertad pensaba un sonriente Manuel, que miraba por la ventana distraídamente el paisaje montañoso que estaban atravesando. Todos sus amigos estaban inquietos, ocupaban la parte trasera del autocar, lejos de los profesores que estaban sentados delante, con los empollones. El jolgorio empezó nada más subirse al autocar y que éste arrancara, dejando atrás el colegio, la ciudad y las obligaciones.
Ese era el primera año que iban a esa casa de colonias, los años anteriores habían ido a otra, al sur del país, pero era demasiado vieja y varios alumnos se habían quejado a los padres, y éstos a la dirección del colegio, que había decidido cambiar el emplazamiento de las colonias, teniendo en cuenta que era un colegio privado y cada mensualidad les costaba un dineral a los padres.
La casa de colonias se encontraba entre montañas, bastante al norte de la ciudad donde vivían. El emplazamiento era hermoso pensó Manuel nada más bajarse del autocar y respirar profundamente el aire fresco de las montañas, pero no tuvo mucho tiempo de admirar el paisaje, había que correr para escoger los mejores lugares para dormir, ya que todos querían las literas de arriba. Los profesores los detuvieron y les invitaron a permanecer todos juntos delante de la casa, para hacerse una foto de grupo. Cada uno de los amigos de Manuel, y él mismo, pusieron sus peores caras en esa foto, gestos obscenos con los dedos, lenguas fuera, alguno con los pelos alborotados y todos con prisas para poder entrar en las habitaciones. Corrieron. La casa era muy grande, mucho más que la casa a la que habían ido otros años. Sigue leyendo →