Relato: El pozo de los monstruos

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El pozo de los monstruos

El miedo primigenio. El primer miedo nace en la infancia, cuando somos niños y todo nos parece grande. Nos sentimos protegidos en el entorno que conocemos, pero fuera habita un mundo que se nos presenta hostil, lleno de monstruos y ruidos amenazadores.

El mejor aliado del miedo es la imaginación. La imaginación de un niño puede ser inmensa e inabarcable para la razón de un adulto, y a medida que va creciendo va dejando por el camino restos de esa imaginación.

Cuando echamos la vista atrás, la infancia se nos presenta como una etapa en la vida que al recordarla nos provoca una tímida sonrisa. Recordamos la calidez de un hogar, la dulzura de una sonrisa materna o la seguridad que sentíamos bajo el regazo de los mayores que nos protegían, pero mi infancia no fue así, mis recuerdos van a parar a ese primer miedo.

Cada año, cuando se iniciaba el verano, mis padres nos llevaban a mi hermana Lucía y a mí a casa de mis abuelos, que vivían en la otra punta del país, en una casa al lado del mar. El verano por entonces significaba libertad, acostarnos tarde, bañarnos en la playa, tumbarnos sobre la arena sin hacer nada, tan sólo imaginar que las nubes que pasaban por encima de nuestras cabezas tenían forma de gato o de jirafa, tal vez de maleta, es una maleta, ¿no lo ves?, no, es un coche, pero si no tiene ruedas, bueno, es un coche sin ruedas, eso no puede ser Javi, los coches tienen ruedas, sino, ¿cómo hacen para andar? ¡Lucía y Javi, a merendar!

Mi hermana Lucía era tres años menor que yo. Su nacimiento se me presentó como una de las peores incógnitas que afrontaba en mi corta vida. ¿Quién sería esa persona que todo el mundo llamaba “tu hermanita”? Todos sonreían cuando la nombraban como si fuera algo bueno. Yo no entendía quién era esa persona que llamaban “hermanita” o Lucía y no veía por ningún lado, creo que fue el primer fantasma de mi vida. Por ese entonces todo a mi alrededor estaba agitado, la habitación donde mi madre planchaba se había convertido en otra cosa, las paredes pintadas de rosa, la cuna en la que yo había dormido hasta hacía poco en medio de aquel lugar al que no me dejaban entrar, aunque con sigilo logré entrar en una ocasión, cuando encendí la luz y permanecí unos segundos mirando a mi alrededor sentí que aquel lugar era un espacio ajeno, algo que no podía pertenecer a la casa donde yo había vivido. ¿Estaba allí esa persona a la que llamaban “hermanita”? Miré por todos los lados pero no vi a nadie. Las muñecas me miraban con ávida curiosidad, sus escrutadores ojos me impresionaron, incluso me atemorizaron, ¿por qué todas aquellas muñecas me estaban mirando? ¿Qué haces aquí, Javi?, ¿no te he dicho miles de veces que aquí no se entra, que es la habitación de tu hermanita?, pero si ahí no hay nadie, pensaba, mientras me sacaban a empujones de aquel lugar.

Un día me dejaron en casa de mi tía, vivía al lado, mis padres se fueron corriendo, me preguntaba cómo podía correr mi madre con esa barrigota, en esa panza donde me habían dicho que estaba mi hermanita, no entendía nada, ¿cómo se había comido mi madre a mi hermanita? Al cabo de unos días, mi tía me llevó de la mano hasta la cama donde dormían mis padres, allí estaba mi madre, con cara de cansada pero sonriendo. Mira, esta es Lucía, tu hermanita. Me levanté de puntillas y vi una cosa rosácea y arrugada, con los ojos cerrados y la boca abierta. Me pareció la cosa más fea que había visto nunca.

Durante mucho tiempo, cuando eres niño unas semanas o unos meses parecen mucho tiempo, Lucía no fue mi hermana sino mi rival, la persona que me había robado el protagonismo, porque no sabía cómo pero me había vuelto invisible para todo aquel que pasaba por mi casa. Odiaba a mi hermana. ¿Por qué había venido?, ¿quién la había llamado? Estábamos tan bien sin ella.

Al final, después de muchos cachetes en el culo, estirones de oreja y recriminaciones varias, me acostumbré a su presencia, incluso empecé a jugar con ella, sobre todo en verano, cuando ningún amigo podía verme jugar con mi hermana pequeña.

La casa de mis abuelos era muy grande, tenía dos pisos, sótano y una buhardilla. Era una caserón antiguo, de los que ya no se hacen, casi toda de madera y con olor de chimenea. Me gustaba escuchar la madera crujir cuando corríamos descalzos por el primer piso, donde estaban las habitaciones. Imaginábamos que estábamos en un castillo y buscábamos mazmorras ocultas en el sótano y luchábamos con los monstruos, pero entonces aún eran monstruos benévolos, pequeñitos, porque los monstruos crecen a medida que crece nuestro miedo. Los monstruos de verdad aún permanecían escondidos, esperando el momento para poder salir.

Aunque lo que de verdad nos entusiasmaba y donde podíamos permanecer durante horas y perder el mundo de vista, era el jardín. Se trataba de un jardín inmenso, descuidado en su mayor parte, pero eso le otorgaba un aspecto salvaje, exótico e indómito. Podíamos pensar que éramos exploradores que se internaban por la selva e iban en busca de civilizaciones perdidas, o que nos adentrábamos en otro mundo, un lugar que el hombre jamás había pisado, y nosotros éramos los primeros en hacerlo.

En una ocasión estábamos tan absortos en nuestro juego que no nos dimos cuenta y pasamos al jardín de la parcela vecina. La reja que separaba ambos jardines estaba rota, más bien había desaparecido en un tramo. Además, la maleza tan abrupta no ayudó a que pudiéramos advertir que estábamos entrando a otro jardín, era parte de un todo, no había ninguna división palpable, ese fue nuestro error. Quizás, sin saberlo, los monstruos estaban enseñándonos el camino y nosotros simplemente lo seguimos.

No, ni siquiera pensamos en la advertencia que siempre nos hacía la abuela, que no saliéramos de la parcela y que por nada del mundo se nos ocurriera entrar en el jardín del vecino, al que describía con cierta vehemencia como un viejo loco. Nosotros nunca lo habíamos visto. A partir de las palabras de la abuela,  yo lo imaginaba como un hombre muy muy alto, con las uñas largas y los ojos muy rojos, que cuando se enfadaba era capaz de sacar fuego por la boca.

Caminamos apartando las hierbas altas que golpeaban nuestras caras, nos dimos cuenta que la maleza era más espesa y que apenas podíamos ver lo que teníamos a dos palmos de distancia, pero aún no éramos conscientes que habíamos traspasado el límite que las advertencias de la abuela nos habían marcado. El calor era sofocante, recuerdo sentir una sensación de agobio, como si la maleza nos fuera a engullir de un momento a otro. Las cigarras cantaban y las hojas secas crujían bajo nuestros pies, hasta que llegamos a un claro y la sensación de ahogo desapareció, incluso todo ruido se desvaneció. En medio de aquel claro algo llamó poderosamente mi atención, nos acercamos con sigilo, era un pozo.

Tanto mi hermana como yo nos sentimos atraídos por ese pozo desde el primer momento. Era de piedra, tenía el aspecto de estar abandonado o al menos no haber sido utilizado hacía mucho tiempo. En la parte superior tenía una estructura semicircular de hierro oxidado, con una polea. Supuse que esa estructura había sido, algún día, el apoyo para bajar un cubo y poder extraer el agua.

Nos acercamos arrastrando los pies, como si nos resistiéramos a avanzar pero al mismo tiempo no pudiéramos detenernos, entonces no lo sabíamos, pero era una fuerza la que nos empujaba hacia ese pozo. ¿Qué cuál fuerza?, los monstruos, obviamente.

Mi hermana caminaba justo detrás de mí, agarrándome la camiseta por la espalda con una mano, presintiendo que en ese lugar había algo malvado, y otorgándome la responsabilidad de ser su protector, ella confiaba en mí, pobrecita, era tan pequeña. Cuando llegamos a la altura del pozo, nos detuvimos y nos miramos, no dijimos nada pero en esa mirada entrecruzada nos estábamos preguntando qué hacer a continuación, yo lo tenía muy claro. Fue sólo un segundo, pero en los ojos azules de mi hermana pequeña me pareció ver miedo. Miedo a lo desconocido quizá, o tal vez ella sí sabía lo que íbamos a encontrar en las profundidades de aquel maldito pozo.

El pozo me llamaba, o lo que habitaba en él, sentí sus voces desde su interior más profundo, ¿tú no las oíste, Lucía?, probablemente sí, por eso noté tu mano apretando cada vez más mi camiseta. Apoyé mis manos temblorosas en la superficie redonda y fría del pozo, y sin más contemplaciones me asomé.

No fue lo que vi, porque no se veía nada, sólo oscuridad, lo que me estremeció fue lo que escuché, lo que percibí. En un principio podías creer que lo que se escuchaba era silencio, aunque era más que eso, al asomarte, no se escuchaba nada, y cuando digo nada es nada, absolutamente nada. Fue como si asomara la cabeza un instante antes de que se creara el mundo y todo fuera un inmenso agujero negro. Sentí miedo, no sé bien de qué ni por qué, pero noté como se erizaban los pelos de mi nuca. Allí abajo había algo maligno, algo capaz de cortar la respiración.

Cuando quise darme cuenta mi hermana ya se estaba asomando al pozo. La contemplé con la mirada fija hacia la negritud, sin una sola expresión en su rostro, como si aquel vacío negro le hubiera borrado todo rastro de vida. No pude reprimirme y me asomé nuevamente, intentando ver más allá del final y poder escrutar lo que habitaba en aquella oquedad de silencio perpetuo. De nuevo la nada, la quietud más estremecedora que jamás había sentido, las cigarras habían dejado de cantar y el viento se había detenido. Fijé mi mirada en las piedras que bordeaban la oscuridad, la frontera donde todo lo visible se perdía en un manto negro, tratando de buscar un final, pero aquel pozo no tenía final, podía llegar hasta el centro de la tierra, incluso atravesarla y perderse en el infinito de las dudas. Apenas se escuchaban nuestras respiraciones, de hecho habíamos dejado de respirar para no romper ese silencio, ni siquiera nuestros corazones latían, el mundo se había parado, había dejado de girar. Formábamos parte del mundo de los monstruos, donde todo es silencio.

Un fuerte brazo nos arrancó de aquella inopia y quedamos frente a un hombre mayor, de pelo blanco, cara arrugada, con un ojo cerrado atravesado por una gran cicatriz y expresión de enfado en el rostro.

¿Qué hacéis aquí? ¿Nadie os ha enseñado a no entrar en propiedades ajenas? No podemos contestar, ni siquiera puedo articular palabra, la impresión que siento me ha enmudecido, quiero gritar pero no puedo, es como un sueño en el que te quedas sin voz y quieres avisar a tu madre que los monstruos te persiguen, pero no eres capaz de esgrimir un solo lamento. Mi hermana tiembla a mi lado, la escucho sollozar pero no la miro, no puedo dejar de mirar al hombre que todavía nos tiene sujetos por el brazo, es el vecino, es el viejo loco. Sí, estoy tranquilo, es solo que, da igual.

No sabéis lo que habéis hecho, niega con la cabeza, aquí es donde duermen los monstruos, nunca tendríais que haberos asomado, no tenéis ni idea de lo hay allí abajo. Lo miro asombrado por sus palabras, pero no puedo preguntarle a qué se refiere, aún no puedo hablar pero probablemente ve en mi mirada mi pregunta. En este pozo duermen los monstruos del mundo, dice, el miedo, la muerte, el dolor, si os asomáis esos monstruos se introducirán en vuestro interior y nunca os abandonaran, no sabéis lo que habéis hecho, y de repente el viejo loco nos suelta, cae de rodillas y llora, llora como un niño, momento que aprovechamos para salir corriendo.

Ni mi hermana ni yo hablamos del asunto en lo que restó de verano, no nos acercamos al jardín del vecino, apenas jugábamos en el jardín de los abuelos, ni en la playa ni en la casa. A partir de ese día algo cambió, no podría explicarlo con palabras, pero fue como si de repente hubiéramos dejado de ser niños, como si nuestra infancia hubiera desaparecido en lo más profundo de aquel pozo. ¿Comprenden?

¿La muerte de mi hermana? Mi hermana no murió, se la llevaron los monstruos.

Hace calor, no puedo dormir, estoy sudando. Me levanto a beber un vaso de agua. Apenas hace tres días que estamos en casa de los abuelos. No queríamos ir, pero mis padres no nos ofrecieron otra alternativa al no saber responder cuando nos preguntaron por qué no queríamos ir a casa de los abuelos. El suelo de madera cruje a cada paso que doy. Me detengo ante la habitación de mi hermana, la puerta está entreabierta, nunca ha podido dormir con la puerta totalmente cerrada, sobre todo desde que el año pasado aquel viejo loco nos asustara con aquellas historias, pero en el fondo sabíamos que no se había inventado nada, que aquello que dijo era real. Entro en su habitación, está muy oscuro, pero soy capaz de escuchar su respiración. Cuando estoy al lado de la cama me doy cuenta que Lucía está incorporada, con los ojos abiertos, mirándome fijamente, como si estuviera esperando mi presencia.

Abrimos la puerta y salimos al jardín, ninguno dice nada, sabemos a dónde vamos. Es una noche tranquila, en el cielo brillan millones de estrellas, apenas sopla el viento, la luna llena nos observa con pálida tristeza, como si supiera lo que va a ocurrir.

Llegamos hasta el claro donde está el pozo, la luz mortecina proveniente de la luna nos permite ver en medio de la noche. Estamos cogidos de la mano, con la mirada fija en la silueta redondeada y fantasmagórica del pozo. Avanzamos con paso firme, ni siquiera notamos las piedras bajo nuestros pies descalzos, no sentimos ningún dolor, caminamos como sonámbulos. No tenemos frío ni calor, sólo queremos asomarnos al pozo una vez más, las voces nos llaman.

Cuando volví en sí, estaba en la cama, tapado hasta la nariz. Abrí los ojos, ya estaba amaneciendo, se podían escuchar los gallos en la lejanía del pueblo. Me levanté, ni siquiera me fijé en que llevaba los pies llenos de barro, eso me lo mostraron ustedes, en esas fotografías. Como cada mañana, fui al baño, oriné y bajé a la cocina para ver qué había hecho la abuela de desayunar.

No está la abuela en la cocina, que raro, pienso, siempre es la primera en levantarse. Voy a la habitación de mi hermana pero tampoco está, su cama está deshecha, como si se hubiera levantado en medio de la noche y ya no hubiera regresado. No, entonces no me acordaba de que habíamos ido al pozo. Bajo de nuevo a la cocina, espero sentado en la silla de mimbre que hay frente a la chimenea. Cojo el atizador y sacudo las escasas cenizas que hay en la chimenea, hace días que no se ha hecho lumbre. Entonces reparo en que tengo sangre en la mano derecha, me he cortado con algo, pienso. Me lavo en el grifo de la cocina, parece sangre seca, no veo el corte. Tengo hambre y la abuela no baja. Subo hasta la habitación de los abuelos, toco suavemente la puerta con los nudillos, no contesta nadie. Abro la puerta, la madera cruje. La habitación está oscura, a los abuelos les gusta dormir con las ventanas bien cerradas. Camino con las manos por delante para evitar tropezarme con los muebles, pero no puedo evitar cruzarme con una silla que casi me hace caer. Abuela, abuela, susurro, abuelo, nadie contesta. Voy hasta una de las ventanas. Después de muchos esfuerzos logro abrirla. La luz de la mañana entra en toda la habitación. La lengua de luz dorada alcanza la cama. Entonces los veo. Parecen dormidos. En sus rostros no hay dolor, sí un atisbo de sorpresa, que puede verse sobre todo en el rostro de mi abuela. Los ojos bien abiertos, la boca aún ahoga lo que parece un grito silenciado de golpe. Inmóviles, en medio de unas sábanas teñidas de rojo. La sangre aún está húmeda. Un olor amargo llega hasta mi nariz, caigo de rodillas, me tapo la cara, lloro, estoy solo.

No, no sé nada de ninguna hacha. ¿Que quién fue?, los monstruos. ¿No tienen fotografías de los monstruos?

¿Mi hermana? Se la llevaron los monstruos al pozo. No, yo no la empujé, los monstruos se la llevaron. ¿El cuerpo? No, esa no era mi hermana, a mi hermana se la llevaron los monstruos. ¿Cuántas veces tendré que repetirlo? Llevo años repitiendo lo mismo. ¡No se vayan! ¡Vuelvan! No cierren la puerta, los monstruos están aquí, ¿no los ven?